Transcribimos una carta que envió Francisco Fontaine, misionero en Angola.
¡Hola! Por fin ya después de casi 5 meses estoy aquí. Parece que necesitaba pasar un tiempo para encontrarme, hoy 16 de noviembre luego de un día caluroso y húmedo, siendo de noche y con la lluvia sobre mi habitación. El cambio de aire se siente, buen momento para pensar y contarles algo.
Ese “algo” que hace mucho no sé cómo llenar y trataré de ser lo más simple para poderme expresar. Siendo que la rima no es mi fuerte…de tú a tú, de amigo a amigo trataré de conversar. Tarde pero seguro, les escribo a todos aquellos con un inmenso cariño porque la distancia, como dicen, fortalece el corazón y une más allá del atlántico, más allá de todo.
Hace tiempo me fui de casa siguiendo un sueño del que fueron y se hicieron parte. Dios me venía hablando hace mucho para hacerme un regalo y ustedes me ayudaron a cumplirlo, a veces digo: ¡qué desagradecido que soy!, que poco comunicativo que estoy siendo y bueno, aquí me encuentro ya más viejo y con algo más interesante para comentar. Es que sigo pensando que tengo más cosas por vivir que por contar, y si le sigo dando vueltas al tema, no paso más la introducción.
Hablaba de un llamado, algo que te mueve adentro y sabes que no es tuyo, que le tenés que responder y estando dentro de ti, no sabes a qué teléfono llamar. Es el de arriba más obvio que el agua, que de la mano de Don Bosco me fue mostrando por donde venía la mano, comenzando por los Salesianos mi cuna y mi admiración, que luego fue dando frutos y madurando en la Cate (Grupo juvenil Catedral), mi casa y lugar donde hice una familia de amigos, de esos del alma, de esos que me enseñaron a amar a Jesús. Y un día toda esa gente, mi gente, me vio crecer y me dio ese empujón para salir afuera donde hoy me encuentro. Todos los días me encuentro pensando en ustedes, en lo agradecido por ese Junio de envío que fue tan emocionante y por la compañía que día a día me hacen. A veces siento que la gente reza por mí más de lo que yo debería hacerlo, y bueno., de esa manera compensamos, son muy necesario sépanlo…A veces tan bonitas palabras suenan cursi, pero son reales y en la distancia se dimensiona lo trascendental, lo que se plantó va dando frutos y es que desde lejos a veces se ve la copa.
Me encuentro en Lwena, capital de Moxico, una de las provincias más olvidadas de Angola. Un pueblo angolano marcado y herido aún por la guerra que duró 30 años hasta el 2001 en que se declara en “paz”. Las marcas de la guerra aún se ven todos los días y no solo en las construcciones o destrucciones, la gente “vive el hoy” sin proyecciones más que tratar de subsistir hoy ya que mañana será otro día; el “lixo” basura se tira en las calles no hay recolecciones ni idea de saneamiento urbano; la energía eléctrica pública no existe y sólo se vive a generadores eléctricos; una canilla con agua de red es una locura, tampoco existe; el agua se debe comprar o buscar a pie del río a baldes y sin tratamiento; la salud es un problema también como tantas otras cosas. Sucede que la pos-guerra es paradójica: tenemos “paz” pero los coletazos continuarán por varios años y generaciones. Opino que la guerra continúa, y no contra personas sino contra lo que ellas dejaron. Ahora la lucha es contra el hambre, el egoísmo, el analfabetismo, la indiferencia, la desesperanza, el desarraigo, la tristeza de ver situaciones de fotoshop…que parecen fuera del contexto del siglo XXI y que en verdad están sucediendo, en fin… contra la ausencia de Dios. Desde nuestra mirada occidental acontecen situaciones increíbles, pero si a cada pregunta le anteponemos en la respuesta los 30 años de guerra, logramos cuestionar un poco menos y entender un poco más, y desde esa mirada pensar en actuar. Como siempre digo “para eso estamos”, que la realidad no nos domine, ser protagonistas y promotores de cambios, sean pequeños como grano de arena, o como estos meninos que después sin duda se harán grandes.
Los niños son lo más hermoso que Angola me regaló, y aún día a día me lo va recordando. ¿Cómo algo tan pequeño e indefenso puede ser una escuela? ¿Será que Dios habla a través de ellos? ¿Será que me metí en un Máster o Doctorado sin saberlo? Y es que a veces me pregunto eso, ¿qué estamos haciendo aquí?, si avalando un sistema o haciendo que sea más digno…y nada de eso, uno viene a compartir la vida, a dejarlo todo o casi todo, y a hacer de lo simple algo grande, algo universal y quizás sea el meollo de la cuestión, quizás esté dando en la tecla o tantas palabras raras para no decir nada me ayuden a descifrar lo que aún no sé. No vine a preguntar, vine a descubrir, a mirar a pensar… y a todo eso le llamo rezar.
Me encuentro con migo mismo, mucha vida interior y tiempo para tratar de cambiar. Es que uno se piensa que viene a misionar y primero la misión empieza por casa, por mí adentro, muchas “flaquezas” tengo que subsanar y en eso estamos, tratando de ser mejores. Escuché un cura que decía que otro cura obispo brasilero decía que “gracias a Dios, Él me hizo Obispo para ser menos peor persona”, bueno gracias a Dios me hizo voluntario misionero para ser menos peor, creo que me eligió porque entre los mucho yo era el más débil y será que me tengo que hacer fuerte o morir en el intento…
Y es que uno se encuentra pequeño ante todo, más allá de mi altura claro, aquí hay personas que entregan su vida, ¿y uno no puede entregarse ni un año del todo?, ¿cómo es eso?, ellos son mi ejemplo y entre ellos elijo a mi Tío Gastón, Misionero Salesiano, con quien vivo y comparto algo de esa familia Fontaine que tengo presente con tanto cariño.
“Aquellos que intenten ganar su vida la perderán, aquellos que la entreguen por los otros, la ganarán...” ¿suena simple no? Hablo de la entrega y me pregunto qué será eso, Jesús sabía… ya le voy a pegar un llamado.
Aún siento que puedo dar más, no me encuentro al 100% como debería así que dar más es mi misión en este momento, recen por eso. Uno se piensa que viene a dar y se convierte en ladrón sin querer queriendo, porque se lleva más de lo que trae y deja huellas seguramente, espero. Dejar huellas o dibujarlas en un plano está siendo mi misión. Convertirlo en obras, un desafío.
Contándoles algo de mí y mi rutina tenemos el Centro de Formación Profesional en el que se capacita en albañilería, cerrajería, carpintería, computación y electricidad; donde me encuentro dando para esta última formación humana todas las semanas. Tenemos la Escuela Don Bosco, en la que durante las noches me encuentro dando matemáticas a cursos de adultos…señoras mamás y padres de familia que
Con mucho empeño intentan recuperar el tiempo perdido o robado por la guerra, haciendo un esfuerzo por aprender y ganar algo de dignidad. También de manera menos intensa capacitando a profesores de enseño primario, el 80% aún no sabe substraer ni dividir, imaginen si cada uno tiene a cargo 35 o 40 niños, difícil de entender. ¡Y yo que de chico odiaba las matemáticas!, ahora me gustan, creo que porque entendí que con eso se puede enseñar más que números, se puede enseñar para la vida, o aprender de ella.
Estamos con muchos proyectos desde lo arquitectónico que tratamos de ir resolviendo, siempre teniendo como objetivo los jóvenes, todo es para ellos, comenzando por la educación y de la mano de la fe, ellos son el motor de todo. Desde el punto de vista pastoral acompañando diferentes grupos. El grupo misionero con jóvenes angolanos es el que me lleva todos los fines de semana a las aldeas, donde hacemos juegos animaciones y algo de catequesis. Mi experiencia allí viene siendo lo más fuerte y resonante. Se llega a valorar hasta lo más mínimo ya que aquellos enanos y sonrientes, en pata y con mocos saltan, cantan y danzan con una alegría que se convierte en dosis de renovación que Dios me regala semana tras semana, lo que se vuelve adictivo…Quien dice que las adicciones son malas? . Cada semana me levantan el espíritu y me enseñan a sacar lo mejor de mí. Una voluntaria portuguesa decía, citando una frase conocida, “yo los amo porque me demuestran quien soy cuando estoy con ellos”. “ewaa” yo también.
Día tras días el de arriba me sorprende con algo nuevo, algo para aprender, para entristecerme o alegrar el corazón, todos los días son una escuela en la que me encuentro conmigo mismo y rodeado de un pueblo que aún voy descubriendo. Abrir la cabeza, hacer crecer el corazón, dejar de quejarme de pavadas, valorar lo que tengo y lo que Dios me dio, dejar el anonimato y animarme a decir que Jesús existe (lo veo todos los días), dejar de pensar en mí que ya hay alguien que lo está haciendo…dejarme convencer de que de mí no todo en la vida depende, madurar… En fin, en eso estamos.
Un gracias por leer hasta aquí, otro gracias por estar conmigo desde lo simple de un mensaje o un llamado, desde lo complejo de un Skype para aquellos más viejos o desde lo grandioso de la oración para aquellos que acreditan que sin Wi Fi podemos estar conectados, o mejor dicho, unidos en la oración.
Me voy despidiendo contento por abrirles la puerta para que vean ese “algo de mí”, aclarando nuevamente que aún tengo más por vivir que por contar, y reiterando que la vida es un regalo… al igual que esta lluvia que continúa.
Desde aquí se los extraña con alegría.
Un abrazo.
Fran





