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El primer salesiano cooperador argentino

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José Francisco Benítez, SCCreador y presidente de la Comisión que bregó por la instalación de un colegio religioso en este suelo, Benítez se transformó con su accionar, en el primer cooperador salesiano de América, llegando incluso a entablar una férrea amistad con Don Bosco, que perduró hasta sus últimos días.

Si nos remontamos a los primeros historiadores nicoleños que indagaron sobre la vida de José Francisco Benítez, debemos, necesariamente, hacer hincapié en el libro “Historia de San Nicolás de los Arroyos, sus prohombres, sus hijos consulares, sus vecinos destacados” Tomo I, de José E. de La Torre, editado en Molachino Establecimiento Gráfico, Rosario, en el año 1955.

En él, se hace un repaso somero pero minucioso de la actividad pública desarrollada por Benítez, que incluye -con referencias puntuales- su intensa vida política.

El historiador, José E. de la Torre, lo cataloga -y desde los inicios- como “Hacendado y funcionario público” y manifiesta (como un dato aleatorio) su actividad realizada a favor de la instalación de la “Sociedad Salesiana de Don Bosco”, en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos.

El texto al que hacemos alusión, sostiene textualmente:

Hacendado y funcionario público

Nació en San Nicolás el 31 de enero de 1797, siendo sus padres el Juez comisionado Tomás Aquino Benítez y María Leonor Acevedo, y padrinos de bautismo María Eulalia Acevedo y Pedro Benítez.

Como estanciero y hombre de empresa se asoció a José Urtubey y poseyó en el partido de Pergamino la estancia “Ambogena”, que describiera el periodista Dámaso Valdés en su periódico “El Noticiero”, en tiempos que administraba aquel predio rural don Luis García del Molino, quien en 1913 fue Gobernador de la provincia.

Empezó su carrera pública en 1823 al ser designado por Rivadavia Juez de Paz del Partido de San Nicolás.

Cooperó siempre con los hombres que deseaban dar una Constitución federal al país, actuando en Santa Fe como diputado por Misiones en la Convención Nacional de 1828-1829 que firmó la paz con el Brasil.

Benítez era una figura de acrisolados prestigios y de prestancia singular. Llamaba la atención en Rosario o Santa Fe, ya en Buenos Aires o San Nicolás donde lo llevaban sus negocios particulares o gestiones públicas. Por haber frecuentado sus tertulias, Lucio V. Mansilla lo conoció y lo menciona en “Retratos y Recuerdos”.

En 1832 fue secretario de la Comisión Representativa reunida en Santa Fe, en la que participaron esta provincia, Buenos Aires, Entre Ríos, Corrientes, Córdoba, Tucumán y Mendoza, en cumplimiento del artículo 15 del tratado del 4 de enero de 1831, asamblea a la que convocara López y que fracasó por las maniobras de Rosas.

Siguió actuando en la función durante la época de Rosas sin mengua para su nombre, siendo secretario de Estanislao López y Pascual Echagüe, participando en las luchas civiles hasta caer prisionero en la batalla de Caaguazú.

Fue miembro de la Legislatura de Buenos Aires desde 1846 hasta 1860 y vocal de la Corporación Municipal de San Nicolás en 1856 y 1859, sirviendo también en el carácter de procurador municipal.

Como político apoyó la tendencia federal y combatió el localismo porteño y a los separatistas. Pertenecía a esa clase culta de la sociedad argentina que sirvió a Rosas, que sufrió en silencio y que no manchó sus manos con sangre fraterna. Dirigió elecciones tumultuosas y secundó las miras del Coronel Hilario Lagos en el pronunciamiento del 1 de diciembre de 1852. En las elecciones de 1856 sostuvo la candidatura a senador, del general Espinosa, en oposición a la del Dr. Valentín Alsina.

Benítez se casó a los 56 años, el 3 de mayo de 1853, con dispensa de la curia romana, por ser tío de la desposada, doña Estanislada de La Sota, unión de la que nació Mariano Benítez, quien fue senador provincial por Buenos Aires.

Su nombre se halla íntimamente ligado al progreso material y cultural de la población, así como a obras de beneficencia. Fomentó la biblioteca pública. Merced a su iniciativa se instaló la Sociedad Salesiana de Don Bosco. Por sus merecimientos y por su piedad, Pío IX lo nombró Comendador de la Orden de San Gregorio Magno.

Poseía una valiosa biblioteca de obras clásicas y religiosas, algunos de cuyos ejemplares he tenido oportunidad de examinar en casa del senador Miguel V. Dávila, el cual fue su hijo adoptivo.

Hombre de prestigio

Que era un hombre de prestigio es innegable, aunque también fuera lapidado y escarnecido públicamente. Por eso sus conciudadanos lo eligieron en 1860 diputado a la Convención Reformadora de la Constitución de 1853. Esta fue la mayor satisfacción de su vida.

Fue político ilustrado, de amplias vistas. Urquiza le dispensó su consideración y fueron amigos. Esa amistad comenzó en 1842 cuando Benítez le escribió a Cipriano Urquiza, para que le comunicara al futuro libertador de la tiranía, su hermano, que Rosas no abrigaba muy buenas intenciones a su respecto, lo que, por su parte, como sabemos, Urquiza tuvo bien pronto la oportunidad de comprobar.

La posteridad ha reconocido en Benítez a uno de sus hombres beneméritos por su vida de una perfecta consecuencia a sus ideales y en julio de 1936, treinta y tres colegios salesianos hicieron una peregrinación a San Nicolás y dedicaron una ofrenda de bronce al frente del edificio de la Municipalidad a su protector de la primera hora.

Murió de septicemia, según el Dr. Florencio Cantilo, el 28 de enero de 1882, a los 86 años y fue sepultado años después en la capilla del Colegio Don Bosco.

Fue su antepasado el sargento mayor Martín Benítez.

Una obra monumental

Ahora bien, la figura emblemática de Benítez se agiganta en el acontecer salesiano, con rasgos propios. Siempre prestó su mano a las necesidades de los primeros misioneros radicados en la ciudad, estuvo presente con su peculio, cuando las épocas de vacas flacas, hacían sucumbir la continuidad del proyecto educativo. Jamás dudó en dar todo de sí, para que la suerte de estos primeros sacerdotes de Don Bosco, tuviera el fin esperado: prepararse en San Nicolás, para dar el gran salto hacia la Patagonia, ese lugar soñado por el maestro de los jóvenes y que gracias al coraje, generosidad y entrega total de aquellos abnegados sacerdotes, hizo realidad una obra monumental.

El “Barba” como cariñosamente lo llamaban Cagliero, Fagnano o Tomatis, dedicó los últimos años de su vida a ser un hermoso instrumento de la providencia para cimentar, con su decidido apoyo de hombre probo, gran parte de la epopeya salesiana en nuestro continente.

Aquellos que -desde lo laico- sienten y vivencian fervorosamente el legado de Don Bosco en suelo americano, saben que su obra no hubiera podido ser lo que hoy es sin la ayuda de abnegadas personas que, inspiradas en su fe por nuestro Señor y en la cariñosa protección de María Auxiliadora, dieron su generoso aporte a la causa salesiana.

Por ello, en la figura de Don José Francisco Benítez, rendimos tributo a la memoria de todos aquellos cooperadores salesianos que a través de los tiempos, hicieron posible que la obra del Santo de los Jóvenes, se afianzara y perdurara con sana vitalidad, hasta nuestros días.-

La posteridad ha reconocido en Benítez a uno de sus hombres beneméritos por su vida de una perfecta consecuencia a sus ideales.

Siempre prestó su mano a las necesidades de los primeros misioneros radicados en la ciudad, estuvo presente con su peculio, cuando las épocas de vacas flacas, hacían sucumbir la continuidad del proyecto educativo.

Link: José Francisco Benítez: a 130 años de su muerte


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